Un buen juego familiar tiene tres cosas: reglas que se explican en menos de cinco minutos, partidas de menos de una hora y un chico de ocho años con chances reales de ganarle a un adulto.
Esa última es la más importante. Si el juego premia solo la experiencia, el chico deja de querer jugar a la tercera partida. Por eso los que mezclan algo de azar con algo de decisión son los que se usan todos los domingos.
Mirá también la cantidad de jugadores: muchos juegos excelentes de cuatro se vuelven aburridos de seis, y en una mesa familiar suele haber más gente de la prevista.
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